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Por: Oscar Martínez.
“La
lectura es a la inteligencia, lo que el ejercicio al cuerpo”.
Enrique
Rojas.
Soy un
convencido de que quien lee, adquiere conocimientos, posee tema de
conversación, viaja a través del mundo, sin ni siquiera abordar un avión, un
tren o un barco; quien lee, expande sus
horizontes de tal manera, que ve al mundo de otra forma, más seguro, y se
enfrenta a los desafíos que plantea la vida, con otra perspectiva. Quien lee, enriquece su vocabulario, habla mejor
y plasma adecuadamente sus ideas, pensamientos y emociones en el papel; quien
lee, escribe bien.
Me
confieso adepto a la lectura, y creo que en gran parte debo tal afición, al
hecho de que mis padres me inculcaron el gusto por la misma. Dicen que la vida
está llena de encuentros y desencuentros, y en mi caso, el primer encuentro con
un libro, fue tan significativo, que sin duda marcó la que hasta hoy es una
buena relación entre esas estructuras rectangulares con olor a tinta y el que
esto escribe.
Comprendí
rápidamente que al abrir un libro y hojear sus páginas, me transportaba a un
mundo mágico, lleno de luz y color, con personajes extraordinarios que al mismo
tiempo que me relataban una historia, me dotaban de conocimientos. Además de
los libros de texto, de la primaria, y de algunas enciclopedias que aguardaban
impacientes en los libreros de mi casa, para ser consultadas, tuve acceso
también a cuentos y fábulas, que hicieron volar mi imaginación y que reforzaron
las imágenes alusivas a los mismos, con las ilustraciones que los acompañaban.
Vinieron después las novelas y su encanto, y en ellas descubrí la capacidad
descriptiva y narrativa de sus autores, algo que hasta hoy sigo admirando y
reconociendo, y sobre la cual se sustenta esa complicidad entre escritor- lector,
que decanta en admiración y preferencia por
los primeros.
Ok, ok,
permítanme hacer una pausa en este escrito, quiero aclarar que lo arriba
relatado no se trata de pasajes de la vida de un “devora libros”, o de un
“ratón de biblioteca”, como suele llamárseles a aquellos personajes que
encuentran en los libros casi, casi el alimento diario o la dosis necesaria
para sobrevivir; no, disto mucho de ser eso y reconozco que en esta era regida
por las imágenes y los medios audiovisuales, he descuidado mucho esa práctica,
misma que hasta este día, aspiro a convertir en hábito.
Lo aquí
precisado, es con el afán de reflexionar sobre la importancia de la lectura en
la vida del hombre, sobre lo asequible de dicha práctica, que lo único que
demanda es abrir un libro y sobre el abandono en que ésta se encuentra por
parte del mexicano promedio; y por supuesto compartirla con ustedes, porque resulta inadmisible que en nuestro
país, que en este México que nos vio nacer y en el que nos tocó vivir, como afirma
la periodista Cristina Pacheco, se priorice la lectura de publicaciones
carentes de sustento, de fondo, de materia.
Según
datos publicados por la revista “Día Siete” el mexicano promedio lee menos de
un libro por año, mientras que prefiere acceder a la lectura de publicaciones
tales como “El Libro Semanal”, “El Libro Vaquero”, “El Libro Policiaco”, “TV y
Novelas” y “TV Notas”, cuyas editoriales registran ventas que van desde los 21
hasta los 41 millones de ejemplares anualmente.
Resulta pues, indispensable, que
tomemos conciencia de la importancia de la práctica de la lectura, fomentando
el ejercicio de la misma desde la niñez, toda vez que el dominio eficiente de la lectura y el
gusto por la literatura son parte de las cualidades que deben desarrollarse en
los niños. En ambos aspectos, la educación y la formación que reciben los
jóvenes de hoy en el hogar, la escuela o el medio social es, a primera vista,
muy deficiente, y diversos factores en la estructura social y en el sistema de
comunicaciones conducen a que la lectura pierda importancia y a que la
literatura vaya pasando a un lugar secundario entre las formas de recreación
del individuo.
Pienso, luego existo, afirmó hace más
de 300 años, el filósofo francés René Descartes, y creo que esa máxima del
pensamiento universal bien podría adecuarse al campo de la lectura, para decir
“Leo, luego existo” y acceder de una buena vez al tesoro inmerso en los libros,
y reconocer también que nunca es tarde para hacerlo. Démonos el tiempo, el
espacio, apaguemos unas horas la televisión y busquemos nuestro rincón
preferido de la casa, y así dispongámonos
a leer un buen libro; al final, la recompensa será invaluable, se lo garantizo.