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Noticia: Leo, luego existo.
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Hora:14:55:59 Fecha:2010-07-22 Autor: OscAr



Por: Oscar Martínez.

 

 

“La lectura es a la inteligencia, lo que el ejercicio al cuerpo”.

Enrique Rojas.

 

 

Soy un convencido de que quien lee, adquiere conocimientos, posee tema de conversación, viaja a través del mundo, sin ni siquiera abordar un avión, un tren o un barco;  quien lee, expande sus horizontes de tal manera, que ve al mundo de otra forma, más seguro, y se enfrenta a los desafíos que plantea la vida, con otra perspectiva.  Quien lee, enriquece su vocabulario, habla mejor y plasma adecuadamente sus ideas, pensamientos y emociones en el papel; quien lee, escribe bien.

Me confieso adepto a la lectura, y creo que en gran parte debo tal afición, al hecho de que mis padres me inculcaron el gusto por la misma. Dicen que la vida está llena de encuentros y desencuentros, y en mi caso, el primer encuentro con un libro, fue tan significativo, que sin duda marcó la que hasta hoy es una buena relación entre esas estructuras rectangulares con olor a tinta y el que esto escribe.

Comprendí rápidamente que al abrir un libro y hojear sus páginas, me transportaba a un mundo mágico, lleno de luz y color, con personajes extraordinarios que al mismo tiempo que me relataban una historia, me dotaban de conocimientos. Además de los libros de texto, de la primaria, y de algunas enciclopedias que aguardaban impacientes en los libreros de mi casa, para ser consultadas, tuve acceso también a cuentos y fábulas, que hicieron volar mi imaginación y que reforzaron las imágenes alusivas a los mismos, con las ilustraciones que los acompañaban. Vinieron después las novelas y su encanto, y en ellas descubrí la capacidad descriptiva y narrativa de sus autores, algo que hasta hoy sigo admirando y reconociendo, y sobre la cual se sustenta esa complicidad entre escritor- lector, que decanta en admiración y preferencia por  los primeros.

Ok, ok, permítanme hacer una pausa en este escrito, quiero aclarar que lo arriba relatado no se trata de pasajes de la vida de un “devora libros”, o de un “ratón de biblioteca”, como suele llamárseles a aquellos personajes que encuentran en los libros casi, casi el alimento diario o la dosis necesaria para sobrevivir; no, disto mucho de ser eso y reconozco que en esta era regida por las imágenes y los medios audiovisuales, he descuidado mucho esa práctica, misma que hasta este día, aspiro a convertir en hábito.

Lo aquí precisado, es con el afán de reflexionar sobre la importancia de la lectura en la vida del hombre, sobre lo asequible de dicha práctica, que lo único que demanda es abrir un libro y sobre el abandono en que ésta se encuentra por parte del mexicano promedio; y por supuesto compartirla con ustedes,  porque resulta inadmisible que en nuestro país, que en este México que nos vio nacer y en el que nos tocó vivir, como afirma la periodista Cristina Pacheco, se priorice la lectura de publicaciones carentes de sustento, de fondo, de materia.

Según datos publicados por la revista “Día Siete” el mexicano promedio lee menos de un libro por año, mientras que prefiere acceder a la lectura de publicaciones tales como “El Libro Semanal”, “El Libro Vaquero”, “El Libro Policiaco”, “TV y Novelas” y “TV Notas”, cuyas editoriales registran ventas que van desde los 21 hasta los 41 millones de ejemplares anualmente.

Resulta pues, indispensable, que tomemos conciencia de la importancia de la práctica de la lectura, fomentando el ejercicio de la misma desde la niñez, toda vez  que el dominio eficiente de la lectura y el gusto por la literatura son parte de las cualidades que deben desarrollarse en los niños. En ambos aspectos, la educación y la formación que reciben los jóvenes de hoy en el hogar, la escuela o el medio social es, a primera vista, muy deficiente, y diversos factores en la estructura social y en el sistema de comunicaciones conducen a que la lectura pierda importancia y a que la literatura vaya pasando a un lugar secundario entre las formas de recreación del individuo.

Pienso, luego existo, afirmó hace más de 300 años, el filósofo francés René Descartes, y creo que esa máxima del pensamiento universal bien podría adecuarse al campo de la lectura, para decir “Leo, luego existo” y acceder de una buena vez al tesoro inmerso en los libros, y reconocer también que nunca es tarde para hacerlo. Démonos el tiempo, el espacio, apaguemos unas horas la televisión y busquemos nuestro rincón preferido de la casa, y así  dispongámonos a leer un buen libro; al final, la recompensa será invaluable, se lo garantizo.

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